El 8 de junio, de 1789, James Madison obsequió al Congreso con doce enmiendas para la Constitución, diez de las cuales se convirtieron en la Carta de Derechos. La primera de estas enmiendas afirmaba que el Congreso no podía  prohibir con una ley el derecho de presentar peticiones al Gobierno para dirigir quejas. Uno se preguntaría si Madison se alegraría del entusiasmo con el que se ha aceptado esta cláusula. Hoy en día Washington D.C. tiene más de 17.000 lobbistas federales que luchan para influenciar a los legisladores, para sostener o rechazar legislaciones y, en algunos casos, hasta para proponer nuevas leyes. Su grande poder sobre las decisiones del Congreso se esconde a la opinión pública, limitando la discusión abierta sobre las consecuencias de su actividad para el interés nacional.

Los escándalos recientes relacionados con  los lobbistas han capturado la atención del público y ha engendrado preguntas sobre la medida y profundidad de la influencia que tienen los lobbistas en la Capital Hill. La investigación federal que se realizó al lobbistaJeremy Abramoff, en referencia del caso del Casino, reveló que en algunas legislaciones se daba un modelo sistemático de campañas de donaciones y de regalos ilegales a cambio de votos favorables. El 3 de Enero de 2006, Abramoff se declaró culpable de varios delitos graves como conspiración, fraude y evasión de impuestos; a partir de aquí una serie de oficiales electos, lobbistas y asesores del Congreso, salen también implicados en escándalos mostrando el nivel de integración de los lobbistas en la estructura de Washington D.C. Estos lobbistas no solo ejercían influencias en la Hill, por medio de campañas de donaciones y relaciones personales con los miembros del Congreso,  sino también utilizaban su poder para poner resistencia a cualquier esfuerzo para disminuir su papel.

Dentro de la industria.
Debido al escándalo Abramoff, el ex-representante Tom DeLay (Texas) renunció a su posición como mayor líder de la  Casa Blanca y no se presentó a las siguientes elecciones. El Congreso en el 2006 aceptó el acto de transparencia y responsabilidad dellobbying, que prohibía a los representantes electos y a sus equipos aceptar regalos o comidas por parte de un lobbista u otros mandatos durante las campañas de donaciones. Muchos piensan que la ley aprobada para controlar la influencia de los lobbistas es más un incordio para ellos que una verdadera amenaza a su trabajo. Cuando se le pregunta si esta ley efectivamente tiene efectos sobre la natura del lobbying a Dennis Thompson, profesor en la Harvard Kennedy School, contesta que «los Asadores hacen menos negocios, pero los demás no muchos menos». Los millones de dólares que gastan loslobbistas cada año para influenciar a los legisladores han sido dirigidos de otra forma pero no eliminados. Se han disfrazado como fondos recaudados, actividades caritativas y seminarios subvencionados para la industria; todos estos actos sirven para canalizar el dinero desde el interés privado que representan los lobbistas a los fondos de los oficiales electos.

Además prohibir los encuentros sociales, que permiten a loslobbistas y a los oficiales electos de mezclarse, sería ineficiente por la misma razón por la que el acto de transparencia y responsabilidad dellobbying ha fallado en producir reformas significativas. La ley ha fallado porque no ha tratado las dos fuentes desde las que loslobbistas traen su desproporcionada influencia: el dinero y las relaciones personales. El profesor Steven Walt de la Harvard Kennedy School explica que el obstáculo mayor en reducir la influencia de los lobbistas es «el bien-afianzado papel que juega el dinero en las elecciones estadounidenses, que da a varios grupos de intereses una manera fácil de influenciar la conducta de los políticos. Esto no va a cambiar hasta que no haya una seria campaña para una reforma financiera, como una completa financiación federal de las elecciones». La financiación completamente federal podría sonar como unas campanas fúnebres para la industria dellobbying, pero es muy improbable que esto es obtenga el apoyo completo para que se apruebe en el Congreso.

La segunda fuente de la influencia del lobbying es la red de relaciones íntimas y personales que muchos lobbistas tienen con los miembros del Congreso. De hecho, muchos lobbistas fueron miembros del Congreso. Un informe del grupo de control «Public Citizen» dice que desde el 1998, el 43% de los 198 miembros de la Casa Blanca que han dejado su cargo se han registrados como lobbistas y lo mismo pasó al 50% de los senadores que han salido. Estos tipos de lobbistas muy potentes tienen acceso a la Casa Blanca, al Congreso, a los gimnasios y a los restaurantes reservados a los miembros; en ausencia de prohibiciones más estrictas sobre las «revolving doors«, estos super-lobbistas tienen un acceso completo al Congreso para manejar a los legisladores y promover las agendas de sus clientes.

Pequeñas oportunidades de reforma.
En las selecciones del 2008 los candidatos presidenciales han visto justa la condena al poder de la industria del lobbying. Aunque son los mismos candidatos los que tienen conexiones con los intereses empresariales. La senadora Hilary Clinton (D-N.Y) ha defendido abiertamente su política de aceptar el dinero de los lobbistas  y ha sido muy abucheada por decir en una convención de bloggers progresistas que «muchos de estoslobbistas, os guste o no, representan la verdadera América». La muchedumbre aclamó al senador Barak Obama (D-Ill.) cuando hizo notar que los lobbistas están gastando sólo pocos millones de dólares por altruismo o por un deber patriótico. Aunque Obama rechazó en su campaña el dinero proveniente de los lobbistas, visitó la empresa millonaria de lobbying de Greenberg Trauring, para la que trabajaba Abramoff,  recaudó el dinero de los empleados e hizo video-conferencias con las distintas sucursales de Greenberg Trauring cuando cruzaba el país.

Distinguir entre el dinero del lobbying y el proveniente de las corporaciones ha  sido considerado como un buen método, y muestra de ello el senador Jhon McCain (R-Ariz.). En 1987, un promotor inmobiliario de Arizona llevó a McCain de vacaciones a las Bahamas después de esta invitación consiguió retrasar la inspección asegurándose las inversiones que tenía de alto riesgo al utilizar las cuentas federales aseguradas.

Si McCain desde el borde de la ruina política consigue llegar o no a la Casa Blanca, la actitud del próximo presidente sobre los lobbistas no será significativa. Para reducir la influencia de los lobbistas es necesario realizar una campaña para promover una reforma financiera. Paradójicamente, esta reforma tendría que ser aprobada por los mismos legisladores que se dejan influenciar por los lobbistas. Jhon Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago, conocido por su polémico estudio sobre el lobby israelí dijo al HPR (Harvard Political Review), que no hay ninguna voluntad política para  hacer una campaña a favor de una reforma financiera que limite el poder de los lobbistas, y que tal reforma no la verá aprobada por la legislación, como no tiene ninguna probabilidad.

Hasta que se consiga una reforma seria de la ley Catch-22, los lobbistas y sus clientes continuarán influenciando los procesos legislativos del gobierno federal justificándose en la primera enmienda.

GABRIEL UNGER
HARVARD POLITICAL REVIEW